La Ciudad de México convirtió al ajolote en un emblema justo cuando comenzó a perderlo y de esto es justamente sobre lo que quiero hablar, es un tema muy actual pero que quiero confrontar para que nos llegue a la cabeza cada vez que nos lo encontremos en algo. Sin mas ahí va:
Está en murales, souvenirs, ilustraciones, campañas institucionales, stickers, vagones del Tren Ligero, playeras, cafeterías, cuentas de Instagram y hasta en la nostalgia aspiracional de una ciudad que quiere seguir creyéndose conectada con su pasado lacustre. El ajolote se volvió diseño gráfico, identidad visual, mascota cultural y símbolo de una capital que necesita desesperadamente símbolos amables para narrarse a sí misma; pero ¿qué hay detrás de todo esto?
La realidad es que mientras la imagen del ajolote se multiplica, el animal real desaparece y no estoy siendo amarillista ni tendencioso, es la verdad.
Durante años, hablar del ajolote era hablar de biología, endemismo (especies muy regionales) y conservación. Hoy también es hablar de marketing urbano. La criatura que alguna vez sobrevivió en los canales de Xochimilco ahora sobrevive mejor en la economía visual de la ciudad que en el agua que le dio origen. Hay más ajolotes impresos que vivos. Más reinterpretaciones digitales que refugios ecológicos funcionales. Mas campañas culturales que restauración hidrológica y esto pega duro, es un gran golpe de realidad.
La contradicción no es menor.
Mientras el ajolote aparece en el billete de 50 pesos como símbolo nacional, los censos científicos llevan años registrando un desplome brutal de la población silvestre. A finales de los noventa todavía se contabilizaban miles de ejemplares por kilómetro cuadrado. Dos décadas después, la cifra cayó a niveles críticos (a 36 para ser exactos). En 2024, varios monitoreos ni siquiera lograron capturar ejemplares vivos en zonas históricas de muestreo.
La ciudad abrazó al símbolo al mismo tiempo que abandonó el ecosistema.
Y Xochimilco lo sabe, porque debajo de la postal turística existe otro paisaje mucho menos cómodo: agua contaminada, canales degradados, urbanización irregular, especies invasoras y un sistema chinampero que lleva décadas sobreviviendo entre abandono institucional y presión inmobiliaria. El problema nunca fue solamente el ajolote. El problema es que el Valle de México lleva demasiado tiempo destruyendo el agua que todavía le queda y mientras esto no se revise a fondo el tema del ajolote está frito.
El ajolote terminó funcionando como bioindicador de algo mucho más grande: el colapso ambiental normalizado de la capital.
Por eso resulta inquietante la velocidad con la que el discurso público convirtió al ajolote en una experiencia estética. La ciudad parece más interesada en representarlo que en sostener las condiciones materiales para que exista. Llevándooslos esto a la actualidad y al día a día es como si bastara llenar de ajolotes ilustrados los espacios públicos para compensar la desaparición silenciosa de los reales.
La “ajolotización” (que ya podemos usar como término) visual de la ciudad coincide con el momento más crítico de la especie.
Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿la Ciudad de México quiere salvar al ajolote o solamente conservar su imagen?
Porque sí, existen esfuerzos científicos reales. Zoológicos, laboratorios, universidades y centros de conservación mantienen poblaciones en cautiverio, desarrollan monitoreo genético y sostienen programas de reproducción. Investigadores llevan años advirtiendo que el problema central no es la cantidad de ajolotes en peceras, sino la destrucción sistemática de Xochimilco. El animal puede reproducirse en laboratorio; el ecosistema no puede simularse eternamente. Esta realidad es la que más me preocupa a mí, fuera del laboratorio no habrá especie y es lo triste del asunto.
Hace ya casi una década fui de visita al zoológico “Los Coyotes”, en Coapa y algo que me hizo muy feliz fue descubrir que había un programa para cuidar y reproducir ajolotes, sus ecosistemas artificiales y sus cuidados se notaban; nunca me imaginé que fuera todo un programa tan importante hasta el momento en que investigué sobre este tema. También me consta que existía en el Nuevo Xochimilco un programa similar hace ya algunos años.
Esa diferencia es fundamental.
Una especie no deja de extinguirse solo porque existan ejemplares bajo resguardo humano. La conservación ex situ evita desapariciones absolutas, pero no reemplaza la vida ecológica de un territorio, estamos a nada de perder esto. Un ajolote encerrado sigue siendo evidencia de fracaso ambiental cuando el ecosistema original dejó de ser habitable.
Tal vez por eso el caso del ajolote resulta tan poderoso simbólicamente. Porque no habla únicamente de biodiversidad. Habla de cómo las ciudades contemporáneas administran sus contradicciones. Convertimos especies en íconos mientras destruimos sus hábitats. Consumimos nostalgia ecológica mientras aceleramos el deterioro urbano. Nos enamoramos de la imagen de la naturaleza al mismo tiempo que hacemos inviable su existencia física. Un factor real importante es el avance urbano en zonas protegidas, la construcción de vivienda ha encarecido los lugares de referencia donde había ajolotes.
El ajolote terminó convertido en un espejo de la propia Ciudad de México y quizás esto sea lo más importante a reflexionar en este tema.
Una ciudad que todavía presume su pasado lacustre mientras pavimenta sus últimos rastros de agua. Una ciudad que habla de conservación mientras normaliza la degradación ambiental. Una ciudad que convirtió la crisis ecológica en paisaje cotidiano.
Quizá lo más duro de todo esto es entender que el ajolote nunca había sido tan famoso. Y probablemente nunca había estado tan cerca de desaparecer en libertad. Seguramente y tristemente seamos testigos ya de esto pues las predicciones para estos años eran ya bastante fatalistas. Es la realidad, no pretendo ser alarmista.
Tal vez el futuro del ajolote ya no se juega solamente en los canales de Xochimilco, sino en algo más incómodo: la capacidad de la ciudad para decidir si quiere seguir usando la naturaleza como símbolo cultural o empezar, por fin, a asumir el costo real de destruirla.
Fuentes analizadas:
- SEDEMA CDMX
- UNAM
- Proceso
- El Imparcial
- La Jornada
- Artículos científicos en SciELO
- Materiales periodísticos complementarios
- Discusión pública y percepción social digital.
H.
