sábado, 25 de abril de 2026

“Cuando el conocimiento deja de ser prioridad: la crisis invisible de las bibliotecas en México”

 “Cuando el conocimiento deja de ser prioridad: la crisis invisible de las bibliotecas en México”



En esta ocasión quiero detenerme en un tema que parece cotidiano, pero que dice más de lo que creemos: la situación actual del sistema de bibliotecas en México. Para entrar en materia, necesito partir de algo personal, un recuerdo que conecta directamente con la forma en la que entiendo hoy este espacio.


Mi historia con las bibliotecas comenzó hace tiempo, por ahí de los años 90. Recuerdo muchas tardes haciendo tareas junto a uno de mis hermanos, mientras el más pequeño de nosotros apenas daba sus primeros pasos. Era mi papá quien nos llevaba, sobre todo en temporadas de exámenes. Yo venía de una escuela con un sistema más flexible, pero en ese momento estaba en una escuela marista, con un nivel académico bastante más rígido y exigente. Adaptarme no fue inmediato; implicó un proceso.


Lo primero que se me viene a la memoria no son los libros en sí, sino los estantes, el orden, la lógica de ese espacio. También recuerdo algo que hoy suena casi extraño: teníamos una materia llamada Biblioteca. Ahí nos enseñaban a buscar información, a usar fichas bibliográficas y, sobre todo, a leer con intención, cosa que actualmente agradezco; también había ejercicios de redacción, incluso aprendimos a hacer cartas. En ese momento no dimensionaba su importancia, pero con el tiempo entendí que ahí comenzó mi interés por investigar y estructurar ideas.


Durante esas temporadas, visitar la misma biblioteca al menos dos veces por semana se volvió rutina. Más allá de resolver tareas, se formó un hábito: concentración, disciplina, orden. Preparar exámenes, mantener las actividades al día, entender que ese espacio tenía una función clara. Fueron, sin exagerar, dos o tres años profundamente formativos.


Parto de este preámbulo porque contrasta con lo que hoy encontramos. Y es ahí donde aparece la pregunta de fondo.


Porque aunque parezca obvio, la gran mayoría de las bibliotecas en México están bajo control del Estado. Las pocas que no lo están —bibliotecas particulares— muchas veces terminan, tras la muerte de sus dueños, integrándose al dominio público, absorbidas por alguna institución estatal o dispersas en el mercado de libros y coleccionistas.


Y entonces el punto ya no es solo que existan.

La pregunta es: ¿qué lugar ocupan hoy dentro del sistema y dentro de la vida pública del país?



La respuesta fácil sería decir que ahí siguen. Y es cierto. Existen. La gran mayoría bajo control del Estado, con algunas excepciones privadas que eventualmente terminan absorbidas por lo público o dispersas en el mercado de libros, sumando a colecciones particulares o a librerías de usados.


Pero existir no es lo mismo que funcionar.


Hoy, el sistema de bibliotecas en México opera sin una estrategia clara que impulse su uso, sin programas sólidos que las integren como espacios sociales activos y, sobre todo, sin una visión que las entienda como algo más que depósitos de libros. No hay una política consistente que las convierta en puntos de encuentro, aprendizaje o desarrollo comunitario; habría tanto que hacer para convertirlas en espacios públicos de integración social.


Y esto se vuelve más evidente cuando se compara, aunque incomode, con lo que ocurre en otros contextos.


En países europeos, por ejemplo, las bibliotecas no son un accesorio cultural: son instituciones evaluadas constantemente. Su impacto se mide en términos económicos, educativos, sociales y culturales. No solo existen, tienen que demostrar su valor para justificar su permanencia.


Ese es el punto de quiebre.


Mientras allá se les exige rendición de cuentas, aquí sobreviven por inercia. No porque no sirvan, sino porque nadie está midiendo realmente si están cumpliendo su función.



El contraste no es menor.


En esos mismos países, las bibliotecas funcionan como espacios activos de formación:

Son extensión del aula, centros de alfabetización digital, son puntos de acceso a servicios y plataformas de desarrollo de habilidades. Forman parte de una infraestructura social que impacta directamente en la economía, en la empleabilidad y en la vida cotidiana.


En México, en cambio, su integración es parcial y profundamente desigual.


Existen, sí. Pero principalmente para quienes ya saben leer, para quienes ya están dentro del sistema. No están diseñadas para incorporar, sino para acompañar a quienes lograron llegar.


Ahí aparece uno de los problemas más delicados: la exclusión en muchos sentidos.


Porque mientras en otros contextos la biblioteca es un punto de entrada, aquí suele ser un punto de continuidad. Y eso deja fuera a una parte importante de la población, quienes no saben leer o poseen alguna discapacidad, tanto física como intelectual.



A esto se suma otro factor igual de crítico: la falta de medición.


No hay indicadores claros, no hay evaluaciones sistemáticas, no hay seguimiento real de impacto. Y cuando no se mide, no se mejora. Lo que termina ocurriendo es predecible:


  • Presupuestos limitados
  • Debilitamiento institucional
  • Servicios que no evolucionan

Y, sobre todo, una pérdida progresiva de relevancia.



Pero hay un dato que sintetiza todo esto de forma brutal.


México llegó a tener más de 7,000 bibliotecas públicas.

En años recientes, se ha registrado una reducción cercana al 20%.


Y lo más preocupante no es la cifra.

Es la reacción, o mejor dicho, la ausencia de ella.


Las bibliotecas están desapareciendo sin generar crisis pública. Sin discusión. Sin ruido.


Simplemente dejan de estar. 🥲



Eso produce un fenómeno silencioso, pero profundamente revelador:


  • Infraestructura que existe, pero no evoluciona
  • Instituciones que operan, pero no se optimizan
  • Políticas que se mantienen, pero no se evalúan

Tal vez si se usaran para bandera política habría otro tipo de movimiento para ellas pero ni siquiera es el caso.


El problema, entonces, no es de origen.


México sí tiene bibliotecas; El problema es otro:


Es un abandono progresivo que no se reconoce como tal.


Porque las bibliotecas no desaparecen de golpe.

No hay cierres espectaculares ni anuncios oficiales que detonen debate.


Se diluyen.


Pierden sentido.

Pierden uso.

Pierden lugar.


Hasta que dejan de importar.



Y quizá ahí está la pregunta de fondo que vale la pena dejar sobre la mesa:


¿En qué momento dejamos de ver a las bibliotecas como parte del proyecto de país?


H.


Para esta investigación me base en varios articulos pero en especial la siguiente publicación:

https://ru.iibi.unam.mx/jspui/bitstream/IIBI_UNAM/197/139/valor_social.pdf