domingo, 13 de julio de 2025

“Marchas que espejean: entre lo nuestro y lo ajeno”

 


¿Cómo se origina un conflicto que termina en una manifestación? La pregunta no es nueva, pero sigue vigente. Toda manifestación nace de un punto anterior, de una serie de acciones o discursos que un gobierno, grupo o institución promueve, legitima y defiende a capa y espada. No sucede de un día para otro. Es una acumulación progresiva de tensión. Tarde o temprano, ese cúmulo de discursos encuentra resistencia; aparece un grupo —a veces disperso, a veces bien organizado— que decide ir en contra de lo establecido. Entonces llega la protesta. Y en algunos casos, como ya sabemos, llega también la violencia.


El mundo ha sido testigo de cómo esas tensiones escalan al extremo. Lo vimos en el atentado al World Trade Center, en la masacre del metro de Madrid, o en los ataques en Londres. Todo esto en menos de una década. Casos donde la manifestación violenta cruzó la línea y entró de lleno en el terreno del terrorismo. Pero no por eso dejan de tener una raíz común: un desequilibrio profundo entre discursos de poder y respuestas sociales.


México no es ajeno a esta dinámica. Lo que vimos la semana pasada, aunque menos letal, no es tan distinto en su origen. Después de aquellos eventos internacionales descritos hace un momento, también se desataron represalias y agresiones contra comunidades musulmanas y árabes, y todos sabemos lo que significó la era Trump para los migrantes, para los “otros”, para los que no encajaban en su relato de nación.


En todos esos contextos, las sociedades se dividieron. Unos condenaron, otros celebraron. Esa polarización no tardó en llegar a México, y se acentuó todavía más cuando la 4T tomó el poder. Desde entonces, nuestra sociedad se ha radicalizado peligrosamente. No sé si por contagio de nuestros vecinos del norte o si ya traíamos ese germen incubado, pero lo cierto es que hoy somos reflejo de lo peor de ese discurso extremo.


Para muestra, basta recordar el asalto al Capitolio. Allá gritaban “Aquí se habla inglés”, y aquí, durante la manifestación contra la gentrificación, se gritó “Aquí se habla español”. ¿Coincidencia? Difícil creerlo. Más bien es un espejo incómodo.


Lo preocupante es que ese tipo de divisiones ha encajonado a nuestra sociedad en dos bandos: los que se llaman oposición y los que se aferran a la bandera de la transformación. No hay matices, no hay puntos intermedios. Todo es blanco o negro, como si la realidad no fuera mucho más compleja.


Ahora bien, ¿cómo interpreto la manifestación reciente? La pregunta parece simple, pero no lo es tanto. A mi parecer, el problema de fondo no es la ciudadanía que protesta —porque manifestarse no está mal, al contrario, es un derecho—, sino la falta de regulación real del fenómeno que se denuncia. El tema de los nómadas digitales, por ejemplo, no debería recaer en el juicio social a individuos, sino en una política pública seria. La Secretaría de Hacienda tendría que regular pagos justos, establecer esquemas de contribución y blindar los espacios urbanos de forma equitativa. Esa es su chamba.


Lo verdaderamente preocupante fue ver, una vez más, la radicalización del acto. Ya no fue solo protesta; fue choque. Se nota —y se siente— que hubo presencia de grupos incentivados o financiados para llevar las cosas más allá. Esa manipulación le quita poder auténtico al reclamo ciudadano.


Afortunadamente, también hay luces. Se han abierto espacios de análisis, de reflexión, desde los más parciales hasta los más profundos. Eso se aplaude. Pero exijamos más. No podemos seguir en una lógica de trincheras. La solución no va a venir de pelear por identidades o por banderas.


Lo que esperaría —y ojalá no sea ingenuidad— es que esta manifestación no se quede en otra batalla entre dos bandos. Ojalá se transforme en el inicio de un diálogo real, con más grises, con más matices. Porque si no encontramos esos tonos medios, seguiremos presos de esta lógica de confrontación inútil.


El punto de partida debe ser individual. Hay que asumir posturas críticas desde lo propio, no desde la masa. Y si no hay aún un espacio donde encajemos, creemos uno. De eso se tratan los movimientos sociales auténticos: no de repetir eslóganes, sino de construir sentido, futuro y transformación desde el fondo, no desde el ruido.


 H. | Palabras al borde del ruido