lunes, 13 de octubre de 2025

“Las palmeras que se mueren de pie: la ciudad que se pudre desde las raíces”

 “Las palmeras que se mueren de pie: la ciudad que se pudre desde las raíces”


Hay escenas que uno no olvida, aunque parezcan pequeñas. En mi caso, fue un pasillo en la calle de Vértiz, dentro de Benito Juárez. Ese camellón, lleno de palmeras altas y elegantes, se ha ido transformando en una especie de cementerio vegetal. En menos de tres años, los troncos secos sustituyeron al verde, y las podas —que antes eran mero mantenimiento— se volvieron una práctica de emergencia. Las palmas caen, pesan, y ya no son solo un tema de paisaje: se han vuelto un problema de seguridad pública.


El caso de Reforma fue el golpe mediático. Cuando se retiró aquella palmera icónica, la ciudad entera se enteró de lo que ya venía pasando en silencio: las palmeras de la Ciudad de México están muriendo, y con ellas se va un símbolo urbano que acompañó a generaciones. Detrás de esa pérdida hay una historia de enfermedades, malas adaptaciones y decisiones humanas que nunca pensaron en el largo plazo.



Según los reportes técnicos, la palma canaria (Phoenix canariensis) —la especie más afectada— enfrenta una combinación letal: ocho hongos y dos bacterias que la atacan desde las raíces hasta el corazón. Nombres científicos como Fusarium solani, Rhizoctonia sp. o Erwinia sp. llenan los informes, pero lo que se traduce al lenguaje cotidiano es que las plantas se pudren desde adentro.

Para 2023 se habían registrado unas 500 muertes confirmadas. En 2025, el panorama se agravó con la llegada del picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus), un insecto considerado plaga reglamentada en México. El SENASICA reportó incluso una nueva asociación con el hongo Neodeightonia phoenicum, lo que complica el control fitosanitario.


Pero más allá del bicho y del hongo, el problema es de origen: las palmeras nunca fueron de aquí. Las trajimos por estética, como adorno tropical para una ciudad fría y contaminada, a más de dos mil metros de altura. Desde el principio estaban condenadas a la vulnerabilidad: suelo inadecuado, altitud, contaminación, exceso de riego y compactación del terreno. Aun así, las multiplicamos porque lucían bien en las postales.



Hoy el Gobierno de la CDMX intenta responder con un programa emergente entre septiembre y diciembre de 2025.

La SEDEMA y la SOBSE planean retirar 1,500 palmeras “terminales”, reemplazándolas por especies nativas como ahuehuetes, encinos o fresnos, que no superen los cinco metros de altura. Los restos de los troncos se convertirán en mobiliario urbano —una ironía ecológica, si se piensa bien: lo que antes daba sombra ahora servirá de banca o adorno—.


El retiro, sin embargo, no es cualquier cosa. Las autoridades advierten que hacerlo sin protocolo puede propagar la contaminación a otras especies. La intervención debe ser técnica, con participación de especialistas, y no de cuadrillas improvisadas. SEDEMA desplegará 120 trabajadores especializados, mientras SOBSE sumará otros 70, con grúas, minicargadores y destoconadoras. La acción se concentrará en las alcaldías Benito Juárez, Cuauhtémoc, Coyoacán y Miguel Hidalgo, donde vive el 85 % de las palmeras capitalinas.



Lo preocupante no es solo el paisaje que se pierde, sino la lectura simbólica: la ciudad se va quedando sin uno de sus emblemas visuales. Y detrás de esa pérdida hay una pregunta que parece menor pero no lo es: ¿qué tipo de entorno urbano queremos construir?

¿Uno bonito pero frágil, que requiere de cuidados artificiales? ¿O uno sostenible, que dialogue con el ecosistema que realmente tenemos?


Las palmeras fueron el símbolo de un proyecto de modernidad importada, una especie de aspiración tropical en medio del altiplano. Hoy, sus esqueletos secos nos devuelven a la realidad: la naturaleza siempre cobra factura.



Más allá del discurso ambientalista, hay algo profundamente humano en esta escena. Ver morir a las palmeras es también vernos a nosotros, incapaces de cuidar lo que plantamos. Las tratamos como parte del mobiliario urbano, pero son seres vivos, igual de dependientes del clima, del suelo y de nuestras decisiones. Hablamos del bienestar animal, pero pocas veces pensamos en el vegetal.


Por eso, más que lamentarnos, lo urgente es la acción conjunta: autoridades, académicos y ciudadanía. Entender que cada retiro, cada sustitución, es parte de un proceso necesario para evitar que el paisaje urbano se siga desmoronando.

Y también aceptar algo simple pero incómodo: si las obras, los cierres o las grúas complican la vialidad, no se trata de un “estorbo”, sino de un intento por reparar el daño que hicimos.

Por una vez, vale la pena no ponernos al centro del problema, sino al servicio de su solución.


Se van las palmeras, pero lo que realmente se seca es nuestra forma de habitar la ciudad.